Lo que me ha llamado la atención del asesinato a sangre fría de la poeta Rene Nicole Good en Minneapolis es el carácter caótico e insensato de la sucesión de acontecimientos: un grupo de hombres (en el sentido de varones) enmascarados y armados con rifles se mueven de un lado a otro por una carretera entre montones de nieve, tambaleándose, gritando frases inconexas, mientras una mujer, al volante de su coche, intenta alejarse de esa banda de hombres armados: los milicianos superpagados del ICE. Se trata de una milicia de desequilibrados al servicio de un hombre que grita, amenaza e insulta cada día, declarando con palabras y hechos que ya no hay ninguna ley en vigor, salvo su fuerza destructiva y su conciencia, la conciencia de un violador, de un jefe mafioso, de un miserable idiota ignorante al que el pueblo estadounidense ha entregado un poder ilimitado.
Ya no vale ninguna otra ley, ni el derecho internacional ni la compasión por los que sufren. Solo valen la ley de la fuerza y la de la locura. Sabemos a quién pertenece la fuerza, sabemos cuáles son sus reglas, pero la locura es un juego sin reglas, que podría escapar de las manos de la fuerza.
¿Tenemos derecho a denunciar la evidente demencia del presidente de Estados Unidos como si fuera una falta política? Por supuesto que no. Hace mucho tiempo que aprendimos a no considerar la locura como una culpa o como algo que te expone al escarnio público o al internamiento en un hospital psiquiátrico. El factor L, de locura, no es más que uno de los factores que determinan la caída de la historia humana en una sucesión de violencia y venganza. Un factor entre tantos, pero quizá el principal. Desde la década de 1970, cuando con Franco Basaglia, David Cooper y Félix Guattari, sustrajimos la desviación psíquica al juicio de la ley y al internamiento psiquiátrico, sabemos que no se puede liquidar la cuestión de la locura de manera apresurada: no podemos resolver el problema del sufrimiento mental encerrando a los locos en una prisión. Pero tampoco podemos considerar irrelevante la locura, como si fuera algo que no nos concierne. Comprendimos entonces que no es posible entender algo de la locura sin comprender el sufrimiento que el loco lleva dentro, la historia de abusos, humillaciones, abandonos, soledades y marginaciones, que se agita en sus delirios. Pero también hemos comprendido el sufrimiento que el loco puede causar a los demás, a quienes están más cerca de él, y a veces, cada vez más a menudo desde Hitler en adelante, el sufrimiento que el loco puede causar a millones de mujeres y hombres, a poblaciones enteras.
Ya no vale ninguna otra ley, ni el derecho internacional ni la compasión por los que sufren. Solo valen la ley de la fuerza y la de la locura.
El verdadero enigma del siglo XXI no es tanto por qué personajes como Donald Trump, Javier Milei o Nigel Farage tienen tanto poder como para imponer su locura como política de gobierno, sino por qué millones de personas, jóvenes y mayores, votan a estos individuos y les conceden la posibilidad de devastar la existencia colectiva. Así pues, debemos profundizar en dos cuestiones. La primera es la siguiente: ¿qué tipo de patologías acompañan al delirio de poder que a menudo, cada vez más a menudo, se convierte en fuerza de atracción política? La segunda: ¿qué confusión mental, qué sufrimiento, qué humillación lleva a las multitudes a seguir a Adolf Hitler o Donald Trump al abismo de horror que emana de sus cerebros? ¿Qué relación hay entre la violencia sufrida (generalmente en la infancia) y la crueldad propagada, perseguida y organizada por esta nueva hornada de psicóticos en el poder? Hay toda una galería de psicópatas afortunados a los que la demencia le ha abierto las puertas del poder político: pienso sobre todo en el ejemplo quizá más evidente, el presidente de Argentina, llevado triunfalmente al poder por un electorado mayoritariamente joven. ¿Por qué un tipo que se presenta como un sádico deseoso de hacer daño a la gran mayoría de la población argentina ha obtenido el apoyo entusiasta de una amplia mayoría de jóvenes destinados a sufrir miseria, precariedad y esclavitud?
¿Qué tipo de patologías acompañan al delirio de poder se convierte en fuerza de atracción política?
Milei se hizo famoso en todo el mundo cuando se presentó en público con una motosierra y declaró que esa herramienta le serviría para golpear a los parásitos, es decir, a los trabajadores públicos, a la escuela, a la sanidad y quién sabe a quién más. La razón por la que millones de jóvenes se identificaron con él es el odio (totalmente justificado) hacia las políticas neoliberales, que gran parte de la izquierda mundial (y argentina) ha aplicado en las últimas décadas. Pero la otra razón es la ola de psicosis nihilista, que ha trastornado la mente colectiva. No importa que Milei se propusiera (sin ocultarlo) intensificar las políticas de empobrecimiento, en realidad llevarlas al paroxismo. La exasperación extrema de la violencia económica aparece, en una lógica aceleracionista, como una especie de desvelamiento, una denuncia delirante. A falta de alternativa al robo neoliberal, las víctimas de esa agresión parecen a veces deseosas de que la agresión se manifieste en toda su maldad, como si en algún momento una política loca pudiera volverse en su contrario o, al menos, abrir nuevos horizontes. Pero hay algo más en la ola de adhesión al sadismo político organizado. Para comprender esta adhesión hay que referirse al colapso de la racionalidad política: «La Razón nos ha engañado durante mucho tiempo, parece decir el votante de Milei o de Trump, ahora probemos la no/razón».
En Historia de la locura en la época clásica (1961), Michel Foucault explica que la creación de los manicomios y el surgimiento del internamiento de los desviados fueron modalidades útiles para distinguir institucionalmente el espacio de la Razón del espacio de la n/razón. La Razón se había revelado al final como la razón de la explotación y la acumulación. Por lo tanto, la n/razón ha sido (y sigue siendo) el refugio de muchos que no aceptan sufrir una explotación y humillación infinitas. En su libro Todo lo que querías saber sobre las ultraderechas y no te atrevías a preguntarle a H. P. Lovecraft (2025), el psicoanalista argentino Yago Franco explica, que es totalmente inútil acusar a Milei de estar loco. Todo el mundo lo sabe y muchos lo votan precisamente por eso.
Para muchos no hay duda de que Milei está loco y, sin embargo, el 30 por 100 de los votantes lo eligió en primera instancia y más del 50 por 100 en la segunda vuelta. El discurso que pretende descalificarlo por su estado mental no tiene en cuenta, no acepta, no comprende, que muchos lo votan precisamente por eso: por su locura. Eligen a un loco, un personaje que entusiasma, que encarna el exceso, la protesta, la impotencia. Para sus seguidores, el hecho de que esté loco no hace más que fortalecer su elección y tal vez acabe atrayendo a más votantes.
Imaginario de terminación psicótica
La distopía predomina en el imaginario contemporáneo, en la producción literaria y en la cinematográfica. Las catástrofes que se ciernen sobre los glaciares y los bosques, sobre los mares y las ciudades, tal vez podrían mantenerse bajo control, aunque parece difícil que puedan retroceder los daños causados a estos ecosistemas. Pero el colapso de la mente colectiva convierte en algo improbable que podamos salir con vida. Que se siga invirtiendo en la guerra mientras los océanos se calientan, degradan y acidifican es una señal incontrovertible de un colapso mental. Así pues, debemos ocuparnos de este hecho para comprender en qué punto nos encontramos en la parábola descendente destinada a llevar a la humanidad a su extinción.
Las tres películas que en 2025 han atraído mi morbosa curiosidad giran en torno al tema de la locura. La psicosis colectiva que alimenta la guerra de todos contra todos es el tema de la película de Ari Aster Eddington. La locura algorítmica es el tema de la película de Kathryn Bigelow Una habitación llena de dinamita. La terminación como destino ineludible, que solo una mente paranoica (pero por ello lúcida) es capaz de prever es el tema de Bugonia, la nueva obra maestra de Jorgos Lanthimos.
Que se siga invirtiendo en la guerra mientras los océanos se calientan, degradan y acidifican es una señal incontrovertible de un colapso mental.
Ari Aster ha hecho una película sobre la guerra civil en el Occidente contemporáneo: nada que ver con la estúpida película de Alex Garland, Civil War, ni con la espectacular pero inútil película de Thomas Paul Andersen, Una batalla tras otra. La guerra civil estadounidense no la libran ejércitos en marcha, no la animan frentes ideológicos opuestos, ni proyectos más o menos revolucionarios. Es una guerra que se libra desde hace tiempo con armas pulidas en el sótano por el abuelo y con ametralladoras compradas en el supermercado, una guerra que estalla sin motivo y afecta a víctimas que pasaban por allí por casualidad. Es la guerra desatada por el odio racista y librada por los sicarios del ICE, individuos a los que el Estado paga para que vayan a secuestrar a pobres que trabajan en alguna obra, en un restaurante o en una granja, pero que no tienen documentos y no pueden ocultar que sus rasgos no son perfectamente arios. Ari Aster ha comprendido lo esencial de la forma contemporánea de la guerra civil: que no existen frentes reconocibles ni motivos comprensibles, porque todos los participantes en la cómica tragedia padecen diversas formas de demencia. Están enfermos. Todos. Todos están muy mal, como la madre drogadicta del vicepresidente Jack Vance o como su abuela, que él mismo nos narra como si fuera una heroína en su novela Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis (2016).
Dada esta situación, prácticamente todo el mundo toma psicofármacos de diversos tipos, en su mayoría opiáceos que se venden regularmente con receta médica. El sheriff Joaquin Phoenix toma psicofármacos, la madre de Vance toma psicofármacos. ¿Qué psicofármacos toman los agentes del ICE? Las víctimas de esta guerra son, en primer lugar, las cien mil personas que mueren por sobredosis provocadas por un fármaco producido y distribuido regularmente por las grandes farmacéuticas estadounidenses, mientras el ejército yanqui bombardea a los pescadores venezolanos como responsables de la intoxicación de los buenos ciudadanos estadounidenses. La verdad es que en ese país todo es incompatible con la vida humana y los seres humanos que tienen la desgracia de nacer allí o, peor aún, de emigrar allí, se hunden en ese fango y en ese horror sin mucha esperanza de salvación.
Antes de la pandemia, Joaquin Phoenix fue el héroe del sufrimiento solitario (pero contagioso) del Joker. Ahora, tras la pandemia, Phoenix regresa y se pone en escena como el sheriff de Eddington para volver a contar cómo el sufrimiento solitario de la totalidad de los ciudadanos y ciudadanas estadounidenses, atrapados en ese infierno que pretende ser el mejor de los mundos posibles, se ha convertido en un concierto cacofónico de palabras y acciones sin sentido. En un momento dado, en la película, el sheriff Phoenix graba en vídeo un discurso delirante y luego ordena a su perplejo ayudante, que publique inmediatamente su verborrea «antes de que se lo piense». Ya nadie tiene tiempo para pensar y de todos modos nadie es capaz de hacerlo. El resultado es evidente: al igual que tantas masacres que ocurren en escuelas o iglesias, la presidencia de Trump es un espectacular suicidio destinado a realizarse, pero solo después de una serie de crímenes espantosos, cuyo resultado será quizá la extinción del género humano.
Si Ari Aster ha hecho una película sobre el magma psicótico en el que se hunde la sociedad de ese país, es decir, sobre el inconsciente suicida y sus manifestaciones impredecibles, Katryn Bigelow, por su parte, ha hecho una película sobre la perfecta racionalidad de la máquina bélica, capaz de trazar segundo a segundo la trayectoria de un misil atómico, que se dirige inexorablemente hacia Chicago, pero que no puede entender quién lo ha lanzado ni por qué. La locura algorítmica del sistema militar guiado por la inteligencia artificial. La probable extinción de la humanidad se narra aquí como efecto de la inexorable concatenación de dispositivos guiados por la inteligencia artificial, como implicación perfectamente lógica del sistema global de seguridad. Más seguridad que esta, la muerte.
Por último, Bugonia, de Jorgis Lanthimos, una película sorprendente y profunda: el delirio conspirativo de un asesino en serie incel traído al mundo por una madre drogadicta y abusado por un policía, que era su niñero. ¿Es realmente un delirio o es la verdad? Quizá sea la única verdad a la que podemos aferrarnos hoy en día: la verdad de la deseable extinción del género humano ahora ya desprovisto de humanidad.
Publicado originalmente en Il Desertore.