Entre la innovación y la negatividad
Dilemas políticos del presente
Pedagogia mutante 2: pibe, repugnancia y abundancia
Pibes y maestros del conurbano
Pensamientos, prácticas, acciones
Una discusión en torno a los talleres textiles
Mujeres, cuerpo y acumulación originaria
Empresas recuperadas por obreros 2000 - 2010
Ensayos
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El autor investiga desde hace siete años a las empresas recuperadas por sus trabajadores, en la ciudad de Rosario. Para eludir las tediosas formalidades académicas, decidió escribir un texto de no-ficción sin perder de vista lo ensayístico. La Victoria es una fábrica de pastas frescas que fue reabierta en el año 2002 por los últimos 17 laburantes que padecieron su quiebra.
por Juan Pablo Hudson
A penas entró empezó a correr por todas partes, se reía, saltaba, cambiaba de lugar las cacerolas, lo abrazaba a Trimarchi, el encargado de la cocina, y amagaba con besarlo en la boca. Recién cuando dejó de moverse, Lisandro se me acercó y, sin mediar saludo, me interrogó sobre mi trabajo. "¿Vos qué estudiaste pibe? ¿Sos zurdo? ¿Por qué investigás empresas recuperadas por obreros si vos no sos obrero? ¿Por qué no estudiás lo que pasa en la facultad?". A medida que yo intentaba responderle, él me repetía que todo era una mierda, que hacer la revolución era otra cosa, que no había que engañarse con giladas. El encuentro fue extraño, por momentos incómodo, pero la pasé bien. Me había impresionado la verborragia corrosiva del personaje. Días más tarde nos pusimos a dialogar mientras Lisandro preparaba los listones de la masa. Para romper el hielo, le comenté que me mareaba el polvillo. "Mirá, pendejo, yo hace veinte años que estoy acá y no me quejo", respondió mientras se limpiaba los anteojos con el reverso del puño del guardapolvo. Después se sacó la dentadura y amenazó con tirármela a la cara mientras largaba una carcajada que sobresaltó al obrero que estaba en una máquina contigua.
Lisandro se mostró muy molesto con algunas decisiones que habían tomado en la fábrica. A continuación me contó sobre sus problemas de salud y algo de su historia familiar. En un pasaje habló del padre con orgullo y se le llenaron los ojos de lágrimas. Al verlo de esa manera tuve intenciones de palmearlo en el hombro, pero no me animé a hacerlo. Por suerte, en ese momento Lisandro le gritó a otro laburante que estaba cerca: "Che, Marmota, el flaco no se quiere ir más, se nota que tiene tiempo, dice que nos estudia, que campeón el tipo, ¿eh?, dice que nos investiga, qué maestro, ¿eh?"; después me miró y me pegó una piña amistosa en el brazo. En otra oportunidad, Lisandro trabajaba en una máquina para el embolsado de las tapas de tarta. Cuando me vio me hizo señas para que me acercara. "Crecimos mucho, incorporamos gente, pero se tomaron decisiones que no me gustan nada. Igual no quiero hablar más porque me hace mierda", comentó. "Te entiendo, si vos querés podemos hablarlo en otro lugar más tranquilos. A mí me interesa escucharte", le respondí. "No, no, no quiero", dijo y luego se concentró en su trabajo. Pero antes de irme acordamos volver a vernos en un bar cercano a su casa. El día previsto para el encuentro, Lisandro me llamó por teléfono y lo suspendió por razones de salud. Una tarde, ya demasiado ansioso, decidí llamarlo y le propuse vernos en media hora en un bar cercano a su casa. No quería darle tiempo para que lo pensara. Lisandro aceptó. Cuando llegué me estaba esperando. Miraba para todos lados, se lo notaba nervioso. Yo también lo estaba. Me resultó extraño verlo sin la vestimenta de trabajo ni la cofia y el gorro. Sentí una extrañeza similar a la que se siente cuando uno es chico y se encuentra en la calle con la maestra del jardín de infantes sin su guardapolvo de cuadrillé. Después de pedir algo en el bar, ya un poco más distendidos, nos dispusimos a reiniciar la charla que habíamos tenido en la fábrica. Le pregunté si podía usar el grabador. Lisandro me miró con furia, se puso de pie, apoyó las manos sobre la mesa, cerró los puños y me dijo a los gritos: "Vos estás loco, pendejo, no tendría que haber venido, lo único que faltaba, la puta madre que los parió". "Ey, pará, pará, sentate, perdón, si no querés no lo uso, era simplemente para registrar lo que me
decías, no te calentés, loco". "Está bien, pendejo, pero no me rompás las pelotas con giladas, yo quiero que hablemos tranquilo, en confianza".
Tras ese violento episodio, la conversación empezó a fluir con naturalidad. Lisandro hablaba tan rápido que muchas veces interrumpía las frases por la mitad y no las retomaba. Parecía atragantarse con las palabras. En un pasaje de la charla Lisandro se detuvo en seco, me miró a la altura de los bolsillos de una campera de hilo que llevaba puesta, y me preguntó si había prendido el grabador a escondidas "Ché pará, yo ya te pedí disculpas, si no me tenés confianza cortamos acá y listo", respondí mirándolo a los ojos con dureza. Lisandro me dijo que lo disculpara porque estaba muy nervioso. En poco más de dos horas Lisandro había ignorado por completo la "novela" institucional de La Victoria. A través de él pude encontrarme con problemas, situaciones y visiones que no había escuchado en esos largos meses de entrevistas con los obreros. "Loco, esto que hablamos que quede entre nosotros, no quiero puterío", me dijo después de vaciar un nuevo vaso de cerveza. Mientras esperábamos la cuenta, se me ocurrió una idea: le propuse que escribiera algo de lo que me había dicho. Lisandro largó una carcajada. "Pero si yo no escribo una palabra desde la primaria, soy un animal, vos estás reloco pibe". "No importa, está todo bien, lo que me interesa es que puedas expresar tus ideas tranquilo. Si vos querés yo te puedo pasar algunas preguntas o si no escribís lo que se te ocurra". Lisandro volvió a reírse pero aceptó la propuesta. Dos días más tarde volví a la fábrica y me acerqué a la máquina cortadora en la que se encontraba trabajando. "¿Trajiste ese tema?", me dijo sin sacar la vista de la cadena por la que pasaban, con rigurosa monotonía, las tapas de empanadas. "Sí, ¿dónde querés que te lo deje?", respondí bajando el tono. "Aguantá que ahora voy para el baño y me lo das en la puerta", me indicó.
Transformaciones
La "novela" institucional de La Victoria era un relato uniforme sobre la historia de lucha compartida por los obreros: incluía elementos históricos, objetivos, míticos, ilusorios y ficcionales. Ese relato actuaba bajo dos modalidades simultáneas y complementarias: primero, como un recurso de presentación frente a la heterogeneidad de actores que -como yo desde abril del 2004- visitaban asiduamente la cooperativa. La "novela" les permitía resguardar conflictos, tensiones y nuevos proyectos. Al momento de mi ingreso, la cooperativa estaba atravesando profundas transformaciones internas que habían ocasionado desacuerdos y pujas entre los obreros.
Tampoco se trataba de un discurso falso frente a una verdad que decidían ocultarme de manera sistemática y deliberada. Más bien era una narración que sacaba a la luz determinados episodios generales, estereotipados, consensuados en forma tácita, pertenecientes a la historia y el presente de la fábrica.
Pocas cosas me abrumaron más que el reconocimiento de que esa "novela" institucional coincidía con aquello que yo esperaba escuchar de parte de los laburantes. Y es que efectivamente ese discurso se conforma, en buena parte, a partir del asedio que infringen quienes se acercan a conocer este tipo de experiencias. Si en la mayoría de los casos se les pregunta por la horizontalidad, por la igualdad en la distribución de las ganancias, por la cantidad de asambleas que se realizan, por el sufrimiento en el período de crisis, por la nueva libertad que siente al poder autoorganizarse, resulta lógico que el relato se vaya recreando a partir de la información que ellos intuyen más relevante para sus interlocutores. La "novela" funcionaba, en segundo lugar, como fundamento simbólico en la constitución de la trama grupal, como un texto que cohesionaba y les proveía el sentido indispensable para constituirse como colectivo. Así como los obreros habían convivido con una historia de la fábrica bajo patrón, en este caso ellos iban elaborando sus propios relatos sobre el período de crisis, el proceso de lucha, la ocupación y el inicio de la experiencia autogestiva. El sábado a las 11 de la noche sonó el teléfono. Cuando atendí escuché la voz de Lisandro. "Ya está, me costó un huevo, me hiciste laburar como un negro". "¿Lisandro?". "No, tu tía, boludo". "Qué bueno, estuviste escribiendo, al final zapateaste pero lo hiciste rapidísimo". "Me ayudó Claudia, mi señora, porque yo ya quería tirar todo a la mierda. ¿Cuándo te lo paso?". "No sé, si querés voy el lunes a la fábrica". "No, antes, ¿mañana a la mañana vos podés?". "Sí, puedo, no te preocupes, pasame la dirección de tu casa". "No, pasame la tuya así voy para allá y te presento a Claudia". A partir de esa semana, cada vez que visitaba la cooperativa volvía a proponerle nuevos escritos. Para darle continuidad al trabajo en común, le devolvía notas y comentarios y sumaba nuevas preguntas. Con el tiempo yo también empecé a compartir con él cosas que iba escribiendo. "Pendejo, qué feo que escribís", me decía mientras Claudia le repetía que no me hablara de esa manera. "Pero pará, che, es una joda, si ya leí todo lo que escribió este salame", le respondía mientras me pegaba sus típicas trompadas en el hombro.
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